Crónica de un Sábado




Es un sábado a las 9 de la mañana. Y nos encontramos con todos los integrantes de Surcos, desde los principales miembros del equipo hasta los voluntarios de los sábados, al lado de una parte de la fuerza aérea, que da a Villa La Tela. Una vez que estamos todos, entramos a la villa en grupo. Debemos haber sido unos 40 jóvenes, “hoy somos muchos, ¡va a ser un buen día!” nos dice una de las chicas del equipo de Surcos, con una evidente alegría al ver como día a día crece el numero de voluntarios, crecen las ganas de ayudar.

Apenas nos adentramos a la villa, aparece el primer claro contraste con el punto de reunión del que habíamos partido dos segundos atrás. No hay asfalto, las calles son de tierra, y vamos esquivando los charcos de agua que habían quedado de la lluvia de la noche anterior. Los “cordones” de las veredas – si así podríamos decirle – están formados por hileras de basura amontonada. En el costado del camino hay más basura, más escombros, que van formando las calles que vamos transitando. Las casas están apenas en pie, da la impresión de que un viento las puede hacer caer. También hay perros, muchos, por todos lados, en todas las casas. El primer pensamiento que se nos cruza por nuestras mentes es “podríamos haber nacido acá”. La oportunidad de estudiar nos podría haber sido negada por la injusticia de no poder acceder a una educación universitaria, no poder acceder a un cospel, o a un libro. Inevitable es admitir que somos afortunados.

Luego de unas cuadras caminadas llegamos a una plaza, en donde hay dos arcos de fútbol y nada más. Dos arcos de fútbol y ahora, todos nosotros. En este lugar los coordinadores se reparten las casas que van a ser visitadas ese día en grupos de cinco personas. Nos destinan un grupo y ahí emprendemos nuestro día como voluntarios de Surcos formalmente. El escenario de la villa, que carece de colores, parece desvanecer cuando anunciamos nuestra llegada a la primer casa que visitamos. El motivo es la alegría con la que esta familia nos abre la puerta de su casa y nos hace pasar, con un beso a cada uno. “Nos hace tan feliz la visita de los chicos”, dice la señora de la casa mostrando gratitud y amor a estos jóvenes que la visitan al menos dos sábados al mes. Parece que los chicos son una bocanada de aire fresco por este lado del mundo. Nos ofrecen un mate, como todo argentino, lo tomamos con gusto. Es dulce, bien dulce; y tiene café. Mientras seguimos con la ronda nos cuenta como llegaron a Villa la Tela: “-En donde vivíamos hace unos 10 años hubo un tornado que nos dejo sin nada, nos voló la casa y todo. Vinimos a parar acá, y nos compramos esta casa.” Muchas familias llegaron a esta villa por ese tornado, y todas logran comprar ese pedacito de tierra que esta mayormente subsidiado por el gobierno. Estamos todos sentados en un círculo, unos en sillas, otros en unos cajones y algunos en el piso. Entre tanta charla, vemos como esta progresando la huerta que sembraron hace unos meses. “Uy! ¡Esta de linda!”, expresa con alegría y orgullo una de las hijas de la familia, “el otro día sacamos unas lechugas”. Correteando alrededor de la huerta y de nosotros hay unos seis nenes. Nos cuenta la señora, Miriam, que cuatro son de ella, y señala a los otros dos que son los nietos. Todos viven juntos así que se sienten hermanos. Lamentablemente, como solo tenemos solo unas tres horas para visitar al menos dos casas, nos vamos despidiendo después de compartir una hora y media con la familia. Nos vamos agradecidos por los mates, pero más que nada, por la voluntad de abrirnos su corazón, y así, entre besos y abrazos nos vamos de nuestra primer familia de este sábado.

Los chicos de Surcos Argentinos ya conocen todo camino y caminito de esta Villa, siempre trabajaron en ella, desde que comenzaron con este proyecto. Y no solo conocen los caminos sino que conocen a muchísimas familias, no es sorpresa que mientras caminamos, la gente que esta en las puertas de sus hogares saluden con entusiasmo y griten “¡Los estamos esperando! ¿Cuando van a pasar?”.

El día que visitamos Villa La Tela, el sol estaba particularmente fuerte, el calor se comenzaba a sentir cuando llegaba a nosotros la media mañana. Pese a esto, los “surqueros” – como se dicen entre ellos- seguían con el entusiasmo implacable que los despertó a la mañana (y cada mañana que visitan estas familias). Llegábamos a la segunda casa que íbamos a visitar y los mas antiguos del equipo nos cuentan que esta familia trabajo con Surcos desde sus inicios, que es un familia muy querida y trabajadora; y con esa introducción aplaudimos para avisarles que estábamos en la puerta. Una vez mas, nos abren las puertas con amor, como si hubieran estado esperando nuestra visita, y así era, nos reciben con un “los estábamos esperando chicos…”. Como es común en casi todas las casas que Surcos visita, hay niños alrededor, en este hogar había tres. Con timidez se esconden atrás de las piernas de su mamá y nos regalan sonrisas casi imperceptibles. Sandra, la dueña de esta huerta, nos muestra con un poco de tristeza como las gallinas habían picoteado los vegetales pero con el positivismo mismo que afronta la vida nos dice: “Pero no importa, ya van a crecer otros, y mas lindos todavía!”. Todos asentimos con la misma seguridad que ella. Acto seguido, otro ofrecimiento recurrente “chicos, ¿unos mates?”; a lo que siempre hay respuesta positiva. Mientras el agua se calentaba, Sandra (y sus hijos atrás como pollitos, aferrados a su mamá) nos lleva a un horno de barro que los chicos de Surcos habían incentivado y ayudado a construir. El horno tomó la forma de un microemprendimiento, ya que de allí salen panes y empanadas caseras que la familia sale a vender, en una canastita que ya va llena de esperanza. En este hogar, el tiempo parecía correr con una rapidez inalcanzable, y llegaba la hora de regresar a esa canchita de fútbol para encontrarse con los otros grupos. Con promesas de retorno, nos vamos, con más y más historias en nuestros oídos.

Son las 12:30 del mediodía, y una vez que estamos todos, empezamos a caminar hacia la salida de la villa. Todos estamos emocionados con las cosas que escuchamos, y las vamos compartiendo con otras personas, de otros grupos y mientras caminamos y hablamos hay algo mas que nos une, la salida de la villa es innegablemente distinta de la entrada. Estas confesiones que desahogan las familias que visitamos, que salen desde lo más profundo de sus corazones, emocionan increíblemente. En uno se despierta una empatía que no se podría experimentar si no hay una charla amistosa y cálida de por medio. Salimos simplemente deseando que haya justicia, equidad e igualdad para todos. Que el camino de las oportunidades no sea tan angosto, largo y trabajoso.

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