
Es un sábado a las 9 de la mañana. Y nos encontramos con todos los integrantes de Surcos, desde los principales miembros del equipo hasta los voluntarios de los sábados, al lado de una parte de la fuerza aérea, que da a Villa
Apenas nos adentramos a la villa, aparece el primer claro contraste con el punto de reunión del que habíamos partido dos segundos atrás. No hay asfalto, las calles son de tierra, y vamos esquivando los charcos de agua que habían quedado de la lluvia de la noche anterior. Los “cordones” de las veredas – si así podríamos decirle – están formados por hileras de basura amontonada. En el costado del camino hay más basura, más escombros, que van formando las calles que vamos transitando. Las casas están apenas en pie, da la impresión de que un viento las puede hacer caer. También hay perros, muchos, por todos lados, en todas las casas. El primer pensamiento que se nos cruza por nuestras mentes es “podríamos haber nacido acá”. La oportunidad de estudiar nos podría haber sido negada por la injusticia de no poder acceder a una educación universitaria, no poder acceder a un cospel, o a un libro. Inevitable es admitir que somos afortunados.
Luego de unas cuadras caminadas llegamos a una plaza, en donde hay dos arcos de fútbol y nada más. Dos arcos de fútbol y ahora, todos nosotros. En este lugar los coordinadores se reparten las casas que van a ser visitadas ese día en grupos de cinco personas. Nos destinan un grupo y ahí emprendemos nuestro día como voluntarios de Surcos formalmente. El escenario de la villa, que carece de colores, parece desvanecer cuando anunciamos nuestra llegada a la primer casa que visitamos. El motivo es la alegría con la que esta familia nos abre la puerta de su casa y nos hace pasar, con un beso a cada uno. “Nos hace tan feliz la visita de los chicos”, dice la señora de la casa mostrando gratitud y amor a estos jóvenes que la visitan al menos dos sábados al mes. Parece que los chicos son una bocanada de aire fresco por este lado del mundo. Nos ofrecen un mate, como todo argentino, lo tomamos con gusto. Es dulce, bien dulce; y tiene café. Mientras seguimos con la ronda nos cuenta como llegaron a Villa
Los chicos de Surcos Argentinos ya conocen todo camino y caminito de esta Villa, siempre trabajaron en ella, desde que comenzaron con este proyecto. Y no solo conocen los caminos sino que conocen a muchísimas familias, no es sorpresa que mientras caminamos, la gente que esta en las puertas de sus hogares saluden con entusiasmo y griten “¡Los estamos esperando! ¿Cuando van a pasar?”.
El día que visitamos Villa
microemprendimiento, ya que de allí salen panes y empanadas caseras que la familia sale a vender, en una canastita que ya va llena de esperanza. En este hogar, el tiempo parecía correr con una rapidez inalcanzable, y llegaba la hora de regresar a esa canchita de fútbol para encontrarse con los otros grupos. Con promesas de retorno, nos vamos, con más y más historias en nuestros oídos.
Son las 12:30 del mediodía, y una vez que estamos todos, empezamos a caminar hacia la salida de la villa. Todos estamos emocionados con las cosas que escuchamos, y las vamos compartiendo con otras personas, de otros grupos y mientras caminamos y hablamos hay algo mas que nos une, la salida de la villa es innegablemente distinta de la entrada. Estas confesiones que desahogan las familias que visitamos, que salen desde lo más profundo de sus corazones, emocionan increíblemente. En uno se despierta una empatía que no se podría experimentar si no hay una charla amistosa y cálida de por medio. Salimos simplemente deseando que haya justicia, equidad e igualdad para todos. Que el camino de las oportunidades no sea tan angosto, largo y trabajoso.
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